UN PEDACITO DE LUNA: TÍTERES CON IMAGINACIÓN Y VALORES PARA NIÑOS Y NIÑAS
No cabe duda: el Teatro de Títeres es la expresión artística preferida de los niños y niñas. Así quedó demostrado en la Octava Feria Internacional de Títeres y Objetos (FITO) con el espectáculo “Un Pedacito de Luna”, del Teatro Cúcara Mácara, quienes escenificaron una atractiva representación de luz, color, agua y animales. La obra conjugó la curiosidad sobre la luna con la valentía y la solidaridad de los chiquillos.
La puesta en escena es el resultado de una evolución y adaptación realizada del teatro de actores al de títeres, bajo la dirección escénica y arreglos de Christian Medina Negrín. Basada en la obra original de Jean Helmuth, la agrupación nos brinda una experiencia titiritesca de atractiva visualidad, acompañada de una consistente interpretación y manipulación de los personajes: desde la Luna y el Pez del estanque, hasta la Tortuga, el León, la Jirafa y el Ratón. Es fascinante notar cómo la puesta se aleja de la realidad para abrazar la metáfora del juego.

La historia se basa en los estados de curiosidad e imaginación de la infancia en relación a nuestro satélite natural, ese cuerpo que orbita con tanta importancia para el equilibrio de los mares y el clima de la tierra. La obra explora qué piensan y sienten los pequeños de 4 a 10 años sobre la luna, representando la indagación y el desafío de alcanzar un pedacito de ella. En el mundo de los niños todo es posible, y en el del títere aún más. Es un universo auténtico y milenario que habita en el centro de los pensamientos de los niños y de los titiriteros que inventan historias como esta, donde un estanque se convierte en mar bajo los efectos de la luz azul. Esta atmósfera lumínica no solo decora, sino que sumerge al espectador en un estado hipnótico de ensueño. Lo que proporcionó una ruptura con la realidad al ver cómo los objetos cobran vida, brindando a los niños maravilla y asombro en la Sala Aída Bonnelly del Teatro Nacional.

Los Títeres de Boca, cuya acción principal reside en la apertura y cierre de la mandíbula, participan en sus distintas variedades: boca simple, de varilla y de guante. Gracias al aporte de Jim Henson —quien introdujo materiales flexibles como el fieltro y la goma espuma en sustitución de la madera—, observamos un manejo fluido por parte de los experimentados titiriteros: Basilio Nova, Christian Medina, Elsa Quiroz y Johanny García, quienes desarrollan con sus personajes esta interesante aventura. La maestría aquí reside en la “sincronía labial”, logrando que el títere parezca realmente el emisor de la emoción y no solo un objeto movido por una mano.

Llama la atención lo simple y lo complejo de la trama. Un deseo infantil, quizás ingenuo para los adultos, da pie a una difícil aventura plagada de valentía. Lo complejo es unir voluntades de distintos personajes: desde mamíferos gigantes como la Jirafa y el Elefante, hasta el León —que representa el poder—, el Ratón y el Pez que narra y comenta. La diferencia entre ellos no impidió que unieran fuerzas para alcanzar la meta. Esta cooperación animal es una lección magistral de civismo para niños y adultos.
Un gran aprendizaje de tal hazaña es que, muchas veces, aprendemos más en el camino que en la obtención del objetivo mismo. El valor del espectáculo reside no solo en su contenido, sino también en su visualidad, sus elementos funcionales, el ritmo y las canciones que lo acompañan. Es un espectáculo auditivo, visual y dramático para toda la familia, y de manera especial para esos niños que llegaron al teatro con los ojos grandes y brillosos, un poco asustados en sus asientos, y salieron alegres y felices.
¡Qué vivan los títeres!


